domingo, 22 de abril de 2012

DE DIONISOS A DRÁCULA A TRAVÉS DE UN MAR DE SANGRE



“Me gustan las sombras y que todo esté oscuro, y nada me complace tanto como estar a solas con mis pensamientos”.

Interesante afirmación de Drácula ante J. Harker. Es un error pensar que la novela de Stoker se encuentra destinada hoy día sólo al lector juvenil o al aficionado a la literatura fantástica. Se trata de una novela inmortal mucho más profunda que la superficial ramplonería en que ha caído el relato vampírico hoy en día. El autor consigue evocar sin lugar a dudas esa presencia misteriosa, ese aliento sobrenatural e inquietante, que se percibe en la Naturaleza. Aquí vemos la continuidad con la tradición romántica. Una simple descripción de la futura mansión del célebre conde en Carfax es sumamente sugerente y evocadora. Las ruinas y los cementerios, tan comunes en la literatura romántica, no son solo el lugar de reposo en que el alma agotada se recupera de su propia exaltación, sino que pueden ser también la sede de innumerables poderes ocultos que acechan y que al mismo tiempo fascinan e hipnotizan.
Naturalmente Stoker encuentra un gran apoyo en el prolijo acervo de creencias populares en torno a vampiros y fantasmas. Pero esto no es más que la excusa que sirve al autor para trazar su plan. La atracción de la naturaleza puede ser fatal, como cuando J. Harker está a punto de morir en un bosque cercano a Munich durante una tormenta de nieve. Una extraña fascinación le había llevado a adentrarse en el bosque apartándose de la seguridad que le ofrecía el camino justo al empezar el ocaso. Magistral resulta también su capacidad para unir sensualidad y muerte, sin duda una forma literaria de plasmar la misteriosa atracción por la aniquilación que experimenta toda criatura viva en su deseo por volver al origen. No es mero erotismo carente de elegancia, aquí es un medio para dejar clara la atracción invencible que ejerce la muerte, es decir, el ansia de lo absoluto.

El estudio de los casos de locura también merece atención en esta novela. Sin duda nos encontramos de nuevo con la tradición romántica; es como si sólo la mente perturbada o enferma pudiera descorrer el velo y aceptar lo terrible de cierta verdad oculta. La atención con que el doctor Seward estudia el caso de Renfield recuerda a la prolijidad con que Waidlinger estudiaba a Hölderlin y anotaba todas sus reacciones, los grandes héroes románticos también caen en la locura y es entonces cuando alcanzan la plenitud de lo absoluto. Resulta sugerente que sean hombres de ciencia en esta novela (Seward, Van Helsing) o perfectamente cabales y nada supersticiosos (los Harker, Lord Arthur, Q. Morris) los que se encuentran inmersos en una situación de pesadilla. Al fin y al cabo lo que se pretende es hacer ver que la razón tiene, por inesperado que pueda ser, sus límites; que el verdadero conocimiento no es sólo racional, sino que hay que reconocer el valor de la intuición, de la tradición (aun apareciendo bajo la forma degradada de superstición), del instinto. También hay que admitir aquello que contradice los sabios consejos de la razón, y que se puede llegar a identificar con lo demoníaco o lo sobrenatural.






El famoso episodio de la última travesía del Demeter, el carguero que lleva en sus bodegas tan infame carga, merecería una novela propia. No es extraña ni desconocida la historia de barcos fantasmas. En Moby Dick se hace mención a un barco así. En Las aventuras de Arthur Gordon Pyn también aparece una nave a la deriva cuyos tripulantes han muerto. El mar es una fuente constante de terror. En Capitanes Intrépidos un ahogado emerge para recuperar su navaja. Pero en el caso concreto de la terrible historia del Demeter me parece ver la huella de los clásicos, y el destino de carguero ruso que lleva a Drácula se asemeja mucho al que sufrió el barco pirata que trasladaba a Dionisos, cuya tripulación cae asesinada por el dios, que había adoptado la forma de un terrible león, como nos cuenta el homérico Himno a Dionisos.