lunes, 4 de enero de 2016

EL PROGRESO TÉCNICO Y LOS LÍMITES DE LA HUMANIDAD



La Bestia Humana, de Émile Zola





Ha sido muy celebrada la afirmación de Anton Chéjov dirigida contra Liev Tolstoi según la cual habría más humanidad en “el vapor y la electricidad” que en “el vegetarianismo y la castidad”. Chéjov, médico y escritor, era lo bastante realista para entender la imposibilidad de que el ser humano pudiera convertirse en otra cosa distinta a la de su condición biológica más elemental, como por ejemplo en un pacífico herbívoro, ajeno a las demandas del celo y la reproducción. Seguramente Chéjov era también lo bastante noble e idealista como para estar muy lejos de conceder al vapor y a la electricidad la dimensión titánica que realmente tenían. Hoy, con el beneficio que da la experiencia histórica, ya sabemos que el vapor y la electricidad habían de superar su función meramente servil para, fieles a su vocación titánica, seguir el camino final de la emancipación y del dominio mediante la satisfacción de las necesidades humanas más básicas, necesidades que no son precisamente las que dicta el vegetarianismo o la castidad. Se emprendía así un camino que desde las calderas de carbón y los generadores eléctricos nos ha llevado a los reactores nucleares y a la ingeniería genética.
El triunfo general de la técnica se hizo visible con total claridad en el siglo XIX; desde luego que la técnica fuera hermanada con la idea de progreso material de la humanidad era algo de lo que jamás se dudó. Pero el camino de la técnica resultó efectivamente más humano que la filantropía tolstoiana (o cualquier otra filantropía) hacían suponer, “demasiado humano”, en un sentido mucho más básico y elemental. La función de la técnica no es otra que satisfacer las necesidades profundas, no precisamente las más elevadas ni espirituales, del ser humano, que tienen que ver con su comodidad inmediata; y así bajo la capa de tecnología subyace siempre la satisfacción del cerebro reptiliano que nos acompaña desde que salimos del fango de la tierra, y basta quebrar la fina capa de la cultura material para ver actuar las fuerzas más elementales del deseo, la destrucción, y la muerte, el mundo de las pasiones elementales, o como casi como podría decir Arthur Schopenhauer, el mundo de la voluntad.
Émile Zola nos lleva con La Bestia Humana, publicada en 1890, al entonces relativamente nuevo mundo de los ferrocarriles; las máquinas de vapor salvan las distancias con precisión y regularidad milimétrica y dibujan un nuevo mapa mental con conceptos de tiempo y espacio que borraban la antigua concepción del mundo propia de la teópolis medieval. El ferrocarril, signo más evidente de los nuevos tiempos, es una construcción humana, y por ello tiene en su artificialidad algo de tenebroso y titánico. No es casualidad que el primer gran retrato de la era del ferrocarril fuera realizado en 1844 cuando William Turner pintó su Agua, Vapor y Velocidad, haciendo salir la poderosa máquina de un mar de fuerzas meteorológicas elementales, en un paisaje de líneas difuminadas en que los elementos de la vida tradicional aparecían desdibujados y mortecinos (barqueros, campesinos, una liebre asustadiza que huye espantada del tren), casi fantasmagóricos; en fin, Turner vio un mundo que se extingue frente a otro que aparece. Tampoco es casualidad que el cine, sin duda el logro artístico y técnico más importante de la pasada centuria, tuviera como primera película filmada en la historia, cinco años antes de la publicación de La Bestia Humana, una secuencia consistente en el derribo de un muro, la partida de un barco y la llegada de un tren.

Turner, Rain, Steam and Speed



En este mundo de ferrocarriles que refleja La Bestia Humana, de transporte de bienes y de personas, orden milimétrico y puntualidad sujeta a las estrictas leyes eficacia y de rentabilidad, Zola hace confluir una serie de apetitos, pulsiones sexuales y homicidas de distintos personajes que acaban colisionando entre sí. La historia es en sí cerrada, limitada y claustrofóbica, haciendo el pendular constante de los trenes las veces de coro trágico y alegoría del destino. La disparidad de tipologías enfrentadas, y carácter elemental y homicida no pasaron desapercibidos para grandes directores como Jean Renoir o Fritz Lang que adaptaron la novela de Zola para explorar la condición del alma humana y sus lados más oscuros e inquietantes.
El argumento, enmarcado en las postrimerías del reinado de Napoleón III, lleva la complejidad de las tramas de asesinato, robo, celos y violencia contra las mujeres. Grandmorin, presidente crapuloso de la compañía ferroviaria, es asesinado por el jefe de estación Roubaud, quien además ha obligado a que su mujer Séverine, que mantenía una relación desde su juventud con Grandmorin, fuera cómplice del asesinato. El apuñalamiento y robo (robo simulado para dar a entender que el asesino no debía de ser un marido ofendido sino un ladrón) fue visto accidentalmente por Lantier, un maquinista que desde siempre ha sentido una pulsión congénita hacia el asesinato y al que le persiguen deseos incontrolables de matar mujeres, deseos hasta ahora reprimidos, y de alguna manera sublimados por la dedicación que profesa a su trabajo y al cuidado de la locomotora La Lison, mediante la que mitiga su frustración sexual. Las investigaciones de la incompetente autoridad judicial (más interesada en silenciar un caso criminal que podría alentar la revuelta social en un Estado que se tambalea) no impiden que asesinos y testigo lleguen a un tácito entendimiento ante el temor de la delación o el chantaje, Lantier además siente una atracción difícilmente contenida hacia Séverine. El temor a ser descubierto, la propensión de Chauboud a la violencia, el alcohol y el juego hacen que Séverine busque en una salida mediante un nuevo crimen. Esta ofrece a Lantier, convertido en su amante, la posibilidad de iniciar con ella una nueva vida si matan juntos a Chauboud y entre ambos planean su asesinato. Pero no es a Chauboud a quien mata Lantier, sino a Séverine, siguiendo por fin la pulsión que le atenazaba desde el comienzo y ante la que ya no puede resistir, como si fuera Robert Dusk, el violador y asesino en serie de la película de Alfred Hitchcock Frenesí. Del crimen se acusa al marido, cosa creíble por su notoria brutalidad. Lantier, aparentemente bien librado con su falso testimonio, es sin embargo un hombre ya irremisiblemente condenado, incapaz de controlar su propensión al crimen. La culminación de tan terrible historia trasciende la catástrofe personal y se convierte en colectiva, y aquí aparece el otro rostro amenazante de la edad moderna, el del militarismo. Al estallar la guerra franco-prusiana que supondrá el fin del Segundo Imperio Francés y la proclamación del Reich Alemán, los trenes llenos de soldados enardecidos por un patriotismo ciego marchan convencidos de su victoria hacia la muerte (y la derrota); sin embargo, el tren conducido por Lantier no llegará jamás, pues se precipita con furia sin control fuera de las vías, después de que el enloquecido maquinista y su fogonero se enzarzaran en una absurda pelea a muerte ignorando la conducción. Este es un final casi wagneriano al estilo del Ocaso de los Dioses (y entonces resulta comprensible el parentesco espiritual que según Thomas Mann unía a Richard Wagner con Émile Zola), de hundimiento en la nada y de catástrofe generalizada, con el furor asesino de Lantier desbocado precipitando con él a una turba de soldados que cantan canciones patrióticas y que morirán sin tener siquiera la oportunidad de convertirse en carne de cañón.
Aquí Zola plasma la dimensión demoníaca del ser humano, que lejos de ser aplacada por la técnica, es solamente enmascarada por esta, simplemente disimulada, cuando no espoleada aún más por ella. Es la represión, el miedo al castigo de la ley lo que pone freno a los impulsos asesinos. Sin embargo, la imposibilidad de que el poder coercitivo del Estado llegue a todas partes, la torpeza de las autoridades interesadas en calmar la situación (política y socialmente explosiva en un país que se deshace lentamente) más que en esclarecer los hechos o impartir justicia, hacen perfectamente posible el suceso criminal. Es la propia naturaleza degradada del delincuente, no la justicia civil, sino su débil psicología que le arrastra a patologías como el alcoholismo o la ludopatía, la propensión a la violencia y el desequilibrio de los apetitivos y la satisfacción inmediata del instinto de placer, lo que provoca que la ruina final del criminal sea una mera cuestión de tiempo. El hecho de que en la novela escape el principal culpable al peso de la ley, sea condenado un inocente y el único asesino encarcelado lo sea por motivos que contradicen expresamente la realidad parece una burla áspera frente a un sistema judicial ciego e inhábil. (En contraste con la también ciega, pero inapelable infabilidad de los sistemas mecánicos). 

Fritz Lang, Human Desire



Es la pulsión, la bestia que vive en el interior de cada hombre la que se abre paso a cada momento, y aunque todos personajes de la historia experimentan la pulsión de lo elemental, solo Lantier encarna el carácter bestial que constituye el verdadero acicate de la acción, el verdadero motor de la historia. Lantier solo ama, se entiende que patológicamente, a su locomotora, La Lison. En efecto, se trata de un amor anormal y que sirve únicamente para mitigar artificialmente su pulsión criminal. Desaparecida La Lison, en un accidente provocado en parte por las acciones de Lantier, esta pulsión ya no conoce barrera alguna y de la muerte de Séverine pasará a provocar la muerte de él mismo y de cientos de personas que integran un convoy militar, haciendo así una premonición terrible de las realidades que marcaron el siglo siguiente: la tecnología y la guerra.
El siglo de Zola es el de las revoluciones tecnológicas, pero la bestia mecánica que aparece entre brumas en el cuadro de Turner y que Zola convierte en otro personaje de la novela, no es un mensajero de tiempos mejores, ni porta poder alguno redentor, es un heraldo del nihilismo que finalmente se convierte en instrumento de aniquilación. La propia rigidez de los horarios y el pendular constante de los trenes sugiere una carencia angustiosa de libertad, una presencia acuciante de un destino ineludible, tanto como la vía del ferrocarril que aboca inevitablemente a un punto final de destino. Quizá sea pertinente, entre la riqueza y complejidad que destila cualquier obra de Zola, recordar aquí su dimensión prometeica, que no es del todo ajena a una época como la nuestra en la que los profetas posthumanistas propugnan nuestra comunidad genética con la mosca, y por lo tanto nuestra animalidad a costa de nuestra individualidad, sugiriendo en último término que la humanidad es un espejismo provocado entre otras cosas por complejas reacciones bioquímicas, que nuestro yo es en realidad un superorganismo, una amalgama de herencia genética y estímulos microscópicos del entorno que puede mejorarse, modificarse e influir voluntaria y deliberadamente en su propio proceso de evolución recurriendo a una tecnología cada vez más desarrollada. Así estaríamos en parte liberados de la responsabilidad hacia nuestros instintos connaturales, y bien dispuestos a iniciar un debate ético nuevo para una época posthumana, con humanos mejorados artificialmente y nuevas inteligencias artificiales cada vez más complejas; dicha información sobre nuestro ser y sobre los nuevos seres que emergen nos llega a través de vías que ya no son las del ferrocarril sino las vías de la información trasmitida por una compleja red planetaria a la que llamamos internet, en cuyo ser en perpetua transformación se entremezclan de manera inseparable el mundo de las mejoras y las comodidades con el de la satisfacción elemental de los instintos animales. El proceso de indiferenciación y mixtificación entre naturaleza y cultura, entre artificial y natural, se ha acentuado más hasta hacerse indistinguible, quizá sea el nacimiento de un nuevo ser global y superorgánico de miles de cabezas naturales y sintéticas, quizá sea la manifestación de la voluntad schopenahaueriana, emancipada por el poder explosivo de la técnica que la ha liberado como se libera de las profundidades de la tierra el combustible fósil tan poderoso, tan peligroso, aun después de un sueño de millones de años, como una bomba sin explotar que conserva intacta su carga explosiva, como un espíritu confinado en la prisión de su botella o de su tinaja y al que de repente se le abren las puertas de su prisión.

lunes, 9 de febrero de 2015

Extrañas realidades



El absurdo fin de la realidad. Novela de Pedro Pujante
Obra ganadora del I Premio 451 de Ciencia Ficción, ed. Irreverentes, Madrid 2013.

Llego al aeropuerto de Múnich con mucha antelación, de manera que puedo terminar de leer la novela de Pedro Pujante El absurdo fin de la realidad que llevo en mi bolsillo y me acompaña desde hace algunas semanas esperando ese momento mágico en que novela y lector por fin se encuentran. No me cabe duda, estoy en el lugar adecuado, en un pequeño universo de representaciones y simulacros que enmascaran mi espera antes de embarcar, antes de emprender viaje a través de paisajes y espacios que dada la posición en la que el sol se encuentra, ya no podré ver. Me resigno y acepto la idea de que no cruzaré un cielo azul sino un cielo oscuro. 
Acepto la situación, y abro la novela de Pedro Pujante que narra con tanta ironía y habilidad una extraña espera, la de una visita extraterrestre a un pequeño pueblo español, contada por quien aparentemente va a pronunciar el discurso de bienvenida. Pronto no sólo la narración se disgrega en medio de las reflexiones del futuro orador, sino la misma identidad del orador se desdibuja y mixtifica en medio de sucesos cada vez más asombrosos que comprometen la coherencia especial y temporal de la pequeña localidad, cuyo sentido metafísico se altera hasta lo impensable mientras se difumina el sentido de la identidad personal y aparecen heterónimos y giros sorprendentes en la narración. 




Al leer y releer mientras inicio mi propio viaje, abandono los límites de la vieja y bella Múnich en un domingo de adviento para adentrarme en la realidad paralela de su aeropuerto; en seguida acuden a la mente las imágenes de Orontes y de la nave espacial que según informaciones oficiales aterrizará con una delegación en dicha localidad. La desorientación espacial y temporal, la mixtificación de la identidad entre personajes y narrador me envuelven ya al pasar los controles y los arcos de seguridad en el aeropuerto. Entonces pienso que se ha dado una de esas felices circunstancias en que el lector está en el momento más adecuado posible a la hora de leer un libro, pues también yo me enfrento a un viaje y a una espera; y así, en ese instante, emprendo un viaje aéreo (aunque no extraterrestre, lamentablemente).
Un aeropuerto es como nuestro universo, pero reconcentrado en un pequeño espacio, un multum in parvo. Ante el viajero aparece una fugaz representación de nuestro mundo tan hipertecnificado como temeroso de su seguridad, plena de simulacros de la realidad destinados al consumo y al solaz del viajero, ficciones de platos y bebidas típicos, en este caso de la vieja Baviera, dulces de recetas caseras preparados, sin embargo, de manera fríamente industrial en complejas instalaciones, puede que hasta las típicas jarras de cerveza las hayan manufacturado en China, ¿qué importa? Todo es representación, y así la amable camarera que ofrece unas típicas salchichas de Múnich tiene un inequívoco acento italiano, al tiempo que añade a su recomendación la mejor cerveza bávara de una tradición centenaria, tan solo para el goce de un instante.
La realidad está trastocada, pues el tiempo se acelera este día de domingo en el aeropuerto, y veo el mundo pasar vertiginosamente como en la novela de Pedro Pujante; por cierto, que aunque no he de pronunciar un discurso, sí he de preparar un informe sobre mi estancia en la universidad de Eichstätt y una vez más la coincidencia me complace. En mi realidad aeroportuaria, mientras que en la católica Múnich es el primer domingo de adviento, la primera vela de las cuatro ya se ha encendido y en las iglesias se lee el sabio consejo de Marcos 13, 33 “velad y estad atentos”, aquí, en mi realidad aeroportuaria, el tiempo tiene otro ritmo, no se vela ni se está atento por la espera mesiánica, sino que la atención se dirige a los paneles que señalan las puertas de embarque, y como el tiempo lo permite,  también a la publicidad. Sin duda también se vela y se está atento, pero los motivos son otros. Y cuando cruzo una puerta, de una manera que me recuerda a la novela que me acompaña, paso a mundos diferentes, en esta ocasión a un auténtico multiverso de cerveza bávara, gastronomía internacional, dulces, modas y tecnología concentrado todo en un reducido espacio, en pocos instantes voy de un mundo a otro. Mi sensación de extrañeza aumenta porque todavía no me he desprendido mentalmente del horario de las clases que acabo de impartir en Eichstätt (soy un profesor que regresa, nada más que eso), ni de las tutorías, ni del ritmo de los largos paseos a lo largo del Hofmuehl o desde la Redorftstrasse hasta la Westenstrasse, para cruzar el mercado, la catedral y de allí ir a la universidad. Todavía no he salido de esa realidad y me encamino a otra, que aunque parezca ajena, es mi realidad originaria, la de mi punto de partida, la realidad nativa que abandoné hace treinta días, y lo hago a través de la realidad transicional del aeropuerto.
Este es el estado de ánimo con que afrontaba la lectura de la novela sobre el absurdo final de la realidad, cuyo argumento lleno de ironía muestra una razón que se desdobla en medio de la fugacidad del tiempo, de la conciencia y de la individualidad a través de la larga espera de un acontecimiento, la llamativa llegada de una delegación extraterrestre que no acaba de suceder. Antes de embarcar compro el último número de Geo Epoche dedicado al romanticismo, “la edad de la nostalgia”, según reza la portada. Con el ir y devenir del tiempo y el desvanecimiento de lo conceptual que provoca en mí tanto la novela como la presencia del aeropuerto, me decido a comprar la revista porque efectivamente me invade la nostalgia de una época pasada. El pasado es inaccesible ya, y está a salvo del vaivén trepidante de nuestra vida cotidiana. Reflexiono sobre ello como si fuera la Atenea pensativa, cuando de repente aparece una joven de una belleza que por un momento me hace pensar en Dante Rosseti, aparece de improviso desde la sección de perfumes para atenderme sin que hubiera reparado antes en ella, bella aparición envuelta en aromas artificiales. Todo es artificial, sí, el tiempo, las imágenes, hasta los aromas, pero quiero pensar que la sonrisa es natural y espontánea, me consuelo y pienso en darle una interpretación poética a un simple acontecimiento comercial, como si fuera un escritor romántico que se encuentra sorpresivamente a una joven envuelta en aromas de primavera en medio de un bosque. Pero eso sí es ficción y yo además, hombre casado con más de cuarenta años, no he de sentir tales añoranzas. Tengo que redactar un informe cuando llegue a casa y tengo una novela de Pedro Pujante en el bolsillo que narra una espera y un viaje que acontecen al mismo tiempo y que acaban por mixtificarse. Asumo mi propia espera y mi viaje, mientras pienso en la ironía del acontecimiento en el momento en que subo al avión.
Múnich, primer domingo de adviento de 2014



domingo, 5 de octubre de 2014

En el templo de Pirra.



Alceo y el destierro del alma

Hemos recorrido un camino ya muy largo, al echar la vista atrás cuesta reconocer las líneas del monumento intemporal que fue el espíritu griego. Convertido en montón de lemas vacíos el antaño montón de venerables ruinas o en objeto de juicios superficiales, la Antigüedad helénica ha ido desacralizándose al mismo tiempo que la historia universal se ha hecho verdaderamente grande y reclama su puesto en el ideario colectivo de la humanidad. Así Grecia se ha hecho algo menos visible, su singularidad ha quedado un tanto relegada, algo “contextualizada” en el “relato” histórico, entre las demás culturas y civilizaciones de la humanidad, y parece haber perdido el honroso puesto de la primera civilización de la humanidad. También ha terminado de abrirse paso la idea de que el humanismo europeo ha “construido” modernamente el espíritu griego y que aquellos ideales de libertad y democracia no son sino la proyección de nuestros propios ideales que buscan confirmación en la Antigüedad, que el papel jugado por el humanismo griego en la configuración de la humanidad no deja de ser una “narrativa” etnocéntrica.

Todo esto es posible. Los molinos de la postmodernidad que han triturado nuestras certezas tienen aspas mortíferas, no debemos acometerlos temerariamente, más aún si a la postre se demuestra que también ellos, como los molinos cervantinos, son el producto final de una alucinación, otro engaño, el engaño de un engaño, en definitiva. Así que sentados al pie del camino, dejemos que el alucinado despierte de su alucinación, porque nada resta valor ni belleza al mundo griego, hacia el cual pueden volverse siempre las miradas, en busca de algo, en busca de alguna señal, alguna orientación, o al menos algún puerto de refugio y como poco algún consuelo. Al contemplar el vaivén del mundo, el cambio continuo de las cosas, la desaparición de la tierra firme hasta ahora tenida por imperturbable y duradera, nos animamos a llevar la mirada a aquellas épocas históricas en que también hubo cambios y conmociones que terminaron con un modo de vida, a veces de manera traumática, para dar lugar a un mundo nuevo, con todo lo que ello comporta. Así me ocurre con el lírico Alceo (630-580 a. C.) y no voy a Lesbos con la mirada profesoral del que busca lo clásico y la satisfacción de los valores eternos e inmutables, pero sí al menos con la mirada del zahorí que busca el preciado líquido bajo duro suelo y da con él, aquí el péndulo o la vara son los libros de nuestra búsqueda, el diálogo con sus autores a lo largo de las olas del tiempo. Es una búsqueda difícil, su obra se encuentra en un estado de ruina lamentable, fragmentos abruptamente interrumpidos y pasajes de no siempre fácil interpretación despiertan la sensación de haber descubierto la cueva de los tesoros demasiado tarde, cuando la disolvente obra del tiempo casi ha destruido por completo aquellos versos que se entonaban en los templos y en las casas de Pirra.

 
De entre el tráfago cotidiano surge de los estratos más profundos de mi memoria la obra del poeta Alceo, el desterrado de Mitilene, uno de los últimos representantes del espíritu aristocrático tradicional en una época en la que el elemento popular aparecía con fuerza en los conflictos sociales y políticos de Grecia, sobre el que se apoyaban nuevos gobernantes y legisladores. Una sociedad diferente surgía, con sus nuevos ideales que arrinconaban a los anteriores propios de la aristocracia guerrera. El mundo del campamento militar, el valor y la virtud guerrera ya acababa, aunque aún era fuerte en el terreno de las representaciones, en la épica y en la forja de los ideales espirituales que formaron la educación antigua. Pero en el duro terreno de la realidad, las guerras intestinas en Mitilene habían llevado a Alceo y su partido aristocrático a apoyar a Pítaco en su lucha contra Mírsilo y luego a considerarlo un gobernante ilegítimo, un amante de las novedades y un destructor de la virtud ciudadana tradicional cuando al parecer faltó al juramento hecho a ciertas facciones nobles a las que pudo pertenecer Alceo y obró como un político atento al interés pragmático, en definitiva, hizo como habría hecho un político más moderno y con menos miramientos por la palabra empeñada ante los dioses. Es una época de facciones enfrentadas, de crisis social apenas conjurada por el gobierno enérgico de quien, como a Pítaco, la posteridad había considerado tiránico cuando apenas pudo hacer otra cosa que arbitrar y equilibrar facciones reivindicando el valor mutuamente vinculante de la ley, pues no en vano es también la época de Solón. Pero Alceo es el cruzado de una causa perdida que no atiende a estas consideraciones, por momentos parece consciente de ello, resignado, digno en la derrota pese a virulentos brotes de resentimiento, ofreciendo un último monumento con sus versos a un mundo que se apaga, un testimonio para el nuevo mundo que amanece y que este no podrá ignorar aunque lo desprecie. El poeta habla también por los dioses, por las verdades eternas.
Alceo y los suyos viven desterrados sin posibilidad de volver a su patria en mucho tiempo, aunque son lo bastante fuertes aún para buscar apoyo entre los lidios y tramar discordias civiles desde el exterior. El ímpetu guerrero no se pierde y el hermano del poeta, Antiménidas, que combate como mercenario con los babilónicos, es celebrado como campeón a la manera antigua y como vencedor en un combate singular contra un guerrero de aspecto gigantesco. Pero el mundo cambia y pocas son las esperanzas de poder volver a lugares y tiempos que ya no son los mismos. El tiempo de vivir épicamente ha pasado. Quedan los cantos a los dioses, los himnos que Alceo entona para las divinidades por encargo de los templos y santuarios, pues aunque noble y guerrero es sobre todo poeta y en cuanto tal es mensajero de los dioses y proclama su grandeza eterna, jamás tocada por las preocupaciones mortales ni por la mutabilidad de las cosas humanas. Cuando no canta a los dioses, el desterrado canta la amistad, y los banquetes, aquellas reuniones de amigos que son a la vez comensales, compañeros de armas e iniciados por la poesía entre copas rebosantes de vino bajo el amparo del dios que preside las comidas en común, por cierto tantas veces malinterpretadas por la sensibilidad moderna, caracterizada por la falta de gusto.
Las imágenes de la violenta tempestad parecen invadir la imaginación del poeta cuando piensa en las vicisitudes políticas de su patria y pide firmeza ante la adversidad: “La ola del viento de antes nos llega ya… que de ninguno se adueñe un cobarde temor”. Pero el poeta está lejos de la vida política que añora, se ve a sí mismo merodeando por entre las soledades del templo de Pirra (que “los lesbios fundaron, visible a lo lejos, común para todos”) , casi siempre tranquilo o vacío a no ser por los periódicos festivales religiosos; y su vida es la de un campesino o un montaraz, obligado a no participar en los asuntos públicos de la ciudad que más le conciernen, y se lamenta por vivir “teniendo la suerte de un rústico” entre los matorrales como los lobos.
La evocación de tan mortífero animal encaja bien con oscuras, tenebrosas alusiones que llegan a la maldición de Pítaco por haber roto el juramento de fidelidad, este hecho va más allá de la disolución arbitraria de una alianza política, no es una simple cuestión de racional oportunidad en la lucha por imponer una facción a otra (como pensó Pítaco, en ese sentido más avanzado) sino la profanación del juramento, de la fe otorgada en presencia de los dioses, algo que según la mentalidad tradicional (ya en retirada en todos los frentes mas no entre los amigos de Alceo) no podía quedar sin venganza y por ello el poeta pide a los dioses “castigar al sacrílego hijo de Hirras, y que le alcance la Erinis de aquellos que juramos haciendo un sacrificio”.  La muerte del “tirano” será finalmente la prueba de que el juicio de dios ha sido efectivo; y aunque Alceo no haya propiciado la muerte de Pítaco ni con malas artes mágicas ni con insidias, le es lícito alegrarse, pues “no soy culpable de la muerte del malvado”. Sí es verdad que la ha deseado y cuando, como hacen los poetas, evoca los acontecimientos antiguos, recuerda el castigo del sacrilegio en la historia de Ayax y Casandra pensando en sus propios problemas; recuerda las funestas consecuencias que tuvo para toda la comunidad que Paris deshonrara sus deberes de huésped, y aunque parecía que todo fuera a salirle bien al descarado, el hado ya había dispuesto el nacimiento de Aquiles, “el jinete de rubios corceles”, el destructor de Troya. Es la fuerza de la religión prehistórica la que todavía se destila de entre estos versos y apenas hay diferencia entre la gran poesía, el canto de los grandes acontecimientos como la caída de Troya y la pequeña poesía de circunstancias con la alusión a los miserables destinos de una pequeña comunidad en Lesbos.
Pero la -para Alceo- justa muerte de Pítaco nada supondrá en la marcha general de los acontecimientos, la nobleza ya sólo va a vivir retrospectivamente en la epopeya y nunca más épicamente. Ahora “el dinero es el hombre”, no la educación antigua (noble y guerrera) sino la pagada y cada vez más técnica e implemental, ni la cuna de vieja estirpe (tan fácilmente corrompida ya por el poder del dinero que incluso Pítaco había podido vincularse por matrimonio con la estirpe más noble de Mitilene). Alceo pierde su escudo en combate y ya no le importa gran cosa, aunque no se jacte de ello como desvergonzadamente hizo Arquíloco de Paros. El desterrado ve que “Zeus llueve” los tiempos son algo helados para los vencidos… Como poeta pide que desafiemos “al mal tiempo encendiendo fuego, sirviendo dulce vino, y disponiendo blando cojín”… Entre la pobreza e impotencia de los servidores vencidos de las causas perdidas queda el consuelo de la amistad las “guirnaldas de eneldo”, los “ungüentos en el pecho” y la poesía evocada entre “una copa que sigue a la otra”.
Los siglos han pasado y el mundo sigue teniendo el aspecto de un río desbocado o de un mar embravecido, Zeus sigue lloviendo y el agua arrastra consigo cuanto un día pareció duradero y seguro. Bien mirado, no es mal refugio el que ofrece la paideia, el mundo del espíritu humano, bajo cuyo amparo podemos encender un fuego y preparar vino dulce mientras paliamos la nostalgia con el bálsamo de la amistad y las palabras.