lunes, 18 de abril de 2016

NATHANIEL HAWTHORNE: LA TÉCNICA, EL PECADO Y LA BELLEZA



El nombre de Nataniel Hawthorne (1804-1864) se asocia con grandes obras de la literatura clásica norteamericana, libros como La Casa de los Siete Tejados o La Letra Escarlata. Y, sin embargo, fue, en primera instancia, autor de relatos cortos antes de que llegaran las grandes obras por las que se le recuerda generalmente. Magníficas narraciones breves en las que aflora por igual la conexión con el pasado nacional norteamericano de la generación anterior al autor y el halo de lo misterioso; historias si bien cubiertas con la dignidad que dan el polvo y la herrumbre del paso del tiempo, todavía frecuentadas por personajes enigmáticos inolvidables, casi espectrales, de un mundo inquietante desaparecido en la corriente del tiempo.


Nathaniel Hawthorne by Brady, 1860-64.jpg
Esos personajes intranquilizadores pueden tomar la forma de una fantasmagórica anciana que puebla un solitario caserón esperando la restauración del rey depuesto; también de un misterioso guerrero de cabellos grises que surge de la nada y como por encantamiento en diferentes momentos de la historia; incluso de habitantes solitarios en desvencijados hogares con actitudes que casi podríamos definir como proto-kafkianas, ya sea recluyéndose en vida durante años sin dar noticia de su paradero, y sin embargo, viviendo cerca de sus familiares para aparecer inopinadamente un buen día ante ellos; ya sea destruyendo una casa por dentro en busca de un quimérico tesoro oculto entre sus muros o bajo su suelo. Otras veces algo inquietante y extraño hace que comparezca un mundo cercano a lo sobrenatural, antiguas y arcanas creencias como en el relato sobre los rituales secretos del árbol de mayo (The Maypole of Merry Mount); o aquelarres mantenidos ocultos por una comunidad de iniciados en la que estaban confabulados todos los hipócritas habitantes de la ciudad (Young Goodman Brown). Por todas partes observamos aquellas cualidades que le hicieron por igual un cronista del pasado norteamericano como un autor casi de terror sobrenatural admirado por Lovecraft. 

Y, sin embargo, no es simplemente el sacerdote de generaciones pasadas ni el guardián de un preciado legado. También es un autor preocupado tanto por la creación artística como la reproductibilidad técnica y la artificialidad, lo que le convierte en un pensador plenamente contemporáneo. Hay mucho de prometeico en sus personajes, a veces bajo la forma de una farsa casi grotesca, como en la historia de la creación de un hombre artificial a partir de un espantapájaros por obra de una bruja (Feathertop). También la creación artística puede ser mágica y técnica por igual, como en El Artista de la Belleza (The Artist of the Beautiful), la historia de un extraño inventor capaz de crear seres artificiales, bellas mariposas de cristal que recuerdan un tanto a las abejas de cristal jüngerianas, por su belleza y su artificialidad y por la misteriosa capacitación técnica que permite al científico robar el fuego sagrado de la creación artificial de vida.
En ninguno de los casos puede hablarse de un alegre final, pues el autor desvela el triste destino que sufren aquellos de descorren el velo del misterio con el abuso de la técnica, con la usurpación de los poderes creadores antes patrimonio exclusivo de Dios. 



Efectivamente, Hawthorne crea un personaje característico en muchos de sus relatos, se trata del hombre fáustico y prometeico que busca superar la creación natural mediante una creación modificada y artificial. No es solo una grotesca hechicera que embruja un espantapájaros como en la historia ya mencionada, ni siquiera una especie de alquimista (Ethan Brand) antiguo servidor de un horno de cal que con ayuda primero de los demonios que habitaban el fuego y luego con su superior intelecto, logró encontrar aquella verdad que tan afanosamente buscaba: descubrir cuál era el único “Pecado Imperdonable”. También hacen acto de presencia auténticos científicos, si bien tocados con el halo de lo sobrenatural. Es sin duda el caso de El Artista de la Belleza, pero también resulta idea central en La Marca de Nacimiento (The Birthmark), en que el científico es además un artista, pero un artista que trata de corregir con medios artificiales las imperfecciones físicas de la mujer a la que ama (aun a costa de convertirla en una persona modificada artificialmente) logrando un éxito total en su propósito, si bien ocasionando con ello el progresivo debilitamiento y muerte de su paciente poco después del experimento. En efecto, los misterios de la naturaleza no se pueden desvelar a cualquier precio y el científico ocasiona la perdición a quien más ama. Un caso análogo descubrimos en la hija de Rapaccini (Rapaccini’s Daughter), una historia que hunde sus raíces en la antigüedad clásica e hindú. Aquí la indagación natural asocia belleza y perfección con muerte e intoxicación. Beatrice es la hermosa hija del científico Rapaccini, hombre conocedor de todos los venenos producidos por la naturaleza. Su jardín es una auténtica plantación del mal, habitado por flores tan funestas y venosas como bellas. La cercanía con las flores ponzoñosas la ha convertido a ella misma en venenosa. El galán de la historia, un joven aspirante a científico, intenta curar de su envenenamiento a la hermosa Beatrice, pero el antídoto es para ella, paradójicamente, un poderoso veneno. 


La fábula prometeica en Hawthorne no acaba bien jamás. En el fondo es imposible reparar artificialmente una naturaleza inclinada a lo material, y así junto con algunos pocos personajes de una bondad celestial, aparecen por doquier clarividentes ejemplos de la mayoritaria tendencia humana a perseverar en el error; pues tanto en hombres como en mujeres aparece tan perenne como el estigma de Caín la marca de los goces materiales, la envida, el odio al prójimo y el amor a las riquezas. Personajes tales pueblan la mesiánica historia de El Gran Rostro de Piedra (The Great Stone Face), así como también aparecen integrando la extraña sesión científica en apariencia (pero mágica en realidad) en la que el Dr. Heideggger (Dr. Heidegger’s Experiment), recurriendo a las misteriosas aguas de la eterna juventud, permite por unos instantes que personajes decrépitos y malvados recuperen fugazmente su juventud para, por desgracia, volver a repetir contumazmente sus errores.



Esta triste verdad es conocida por Hawthorne y con igual firmeza la creen sus personajes prometeicos, ya sea la vieja bruja Mother Rigby o el delicado artista de la belleza o el poeta que visita el valle donde se levanta el gran rostro de piedra, todos acaban comprendiendo que la condición humana es irreparable, que no son los altos ideales los que mueven a la mayoría, sino que la mayoría se mueve, con el aplauso general, por el ansia de placeres y dinero. Y un hecho más terrible aún: en no pocas ocasiones la mente del científico es también una mente contaminada por los deseos más innobles, como reconoce Ethan Brand, el fáustico personaje que ha tratado con divinidades infernales en la historia que lleva su nombre, cuando afirma que el mayor pecado, y el único imperdonable, es el encumbrar la inteligencia por encima de la fraternidad humana y del temor de lo más sagrado, haciéndola capaz de sacrificar cualquier cosa en el altar de su propio poder.




lunes, 4 de enero de 2016

EL PROGRESO TÉCNICO Y LOS LÍMITES DE LA HUMANIDAD



La Bestia Humana, de Émile Zola





Ha sido muy celebrada la afirmación de Anton Chéjov dirigida contra Liev Tolstoi según la cual habría más humanidad en “el vapor y la electricidad” que en “el vegetarianismo y la castidad”. Chéjov, médico y escritor, era lo bastante realista para entender la imposibilidad de que el ser humano pudiera convertirse en otra cosa distinta a la de su condición biológica más elemental, como por ejemplo en un pacífico herbívoro, ajeno a las demandas del celo y la reproducción. Seguramente Chéjov era también lo bastante noble e idealista como para estar muy lejos de conceder al vapor y a la electricidad la dimensión titánica que realmente tenían. Hoy, con el beneficio que da la experiencia histórica, ya sabemos que el vapor y la electricidad habían de superar su función meramente servil para, fieles a su vocación titánica, seguir el camino final de la emancipación y del dominio mediante la satisfacción de las necesidades humanas más básicas, necesidades que no son precisamente las que dicta el vegetarianismo o la castidad. Se emprendía así un camino que desde las calderas de carbón y los generadores eléctricos nos ha llevado a los reactores nucleares y a la ingeniería genética.
El triunfo general de la técnica se hizo visible con total claridad en el siglo XIX; desde luego que la técnica fuera hermanada con la idea de progreso material de la humanidad era algo de lo que jamás se dudó. Pero el camino de la técnica resultó efectivamente más humano que la filantropía tolstoiana (o cualquier otra filantropía) hacían suponer, “demasiado humano”, en un sentido mucho más básico y elemental. La función de la técnica no es otra que satisfacer las necesidades profundas, no precisamente las más elevadas ni espirituales, del ser humano, que tienen que ver con su comodidad inmediata; y así bajo la capa de tecnología subyace siempre la satisfacción del cerebro reptiliano que nos acompaña desde que salimos del fango de la tierra, y basta quebrar la fina capa de la cultura material para ver actuar las fuerzas más elementales del deseo, la destrucción, y la muerte, el mundo de las pasiones elementales, o como casi como podría decir Arthur Schopenhauer, el mundo de la voluntad.
Émile Zola nos lleva con La Bestia Humana, publicada en 1890, al entonces relativamente nuevo mundo de los ferrocarriles; las máquinas de vapor salvan las distancias con precisión y regularidad milimétrica y dibujan un nuevo mapa mental con conceptos de tiempo y espacio que borraban la antigua concepción del mundo propia de la teópolis medieval. El ferrocarril, signo más evidente de los nuevos tiempos, es una construcción humana, y por ello tiene en su artificialidad algo de tenebroso y titánico. No es casualidad que el primer gran retrato de la era del ferrocarril fuera realizado en 1844 cuando William Turner pintó su Agua, Vapor y Velocidad, haciendo salir la poderosa máquina de un mar de fuerzas meteorológicas elementales, en un paisaje de líneas difuminadas en que los elementos de la vida tradicional aparecían desdibujados y mortecinos (barqueros, campesinos, una liebre asustadiza que huye espantada del tren), casi fantasmagóricos; en fin, Turner vio un mundo que se extingue frente a otro que aparece. Tampoco es casualidad que el cine, sin duda el logro artístico y técnico más importante de la pasada centuria, tuviera como primera película filmada en la historia, cinco años antes de la publicación de La Bestia Humana, una secuencia consistente en el derribo de un muro, la partida de un barco y la llegada de un tren.

Turner, Rain, Steam and Speed



En este mundo de ferrocarriles que refleja La Bestia Humana, de transporte de bienes y de personas, orden milimétrico y puntualidad sujeta a las estrictas leyes eficacia y de rentabilidad, Zola hace confluir una serie de apetitos, pulsiones sexuales y homicidas de distintos personajes que acaban colisionando entre sí. La historia es en sí cerrada, limitada y claustrofóbica, haciendo el pendular constante de los trenes las veces de coro trágico y alegoría del destino. La disparidad de tipologías enfrentadas, y carácter elemental y homicida no pasaron desapercibidos para grandes directores como Jean Renoir o Fritz Lang que adaptaron la novela de Zola para explorar la condición del alma humana y sus lados más oscuros e inquietantes.
El argumento, enmarcado en las postrimerías del reinado de Napoleón III, lleva la complejidad de las tramas de asesinato, robo, celos y violencia contra las mujeres. Grandmorin, presidente crapuloso de la compañía ferroviaria, es asesinado por el jefe de estación Roubaud, quien además ha obligado a que su mujer Séverine, que mantenía una relación desde su juventud con Grandmorin, fuera cómplice del asesinato. El apuñalamiento y robo (robo simulado para dar a entender que el asesino no debía de ser un marido ofendido sino un ladrón) fue visto accidentalmente por Lantier, un maquinista que desde siempre ha sentido una pulsión congénita hacia el asesinato y al que le persiguen deseos incontrolables de matar mujeres, deseos hasta ahora reprimidos, y de alguna manera sublimados por la dedicación que profesa a su trabajo y al cuidado de la locomotora La Lison, mediante la que mitiga su frustración sexual. Las investigaciones de la incompetente autoridad judicial (más interesada en silenciar un caso criminal que podría alentar la revuelta social en un Estado que se tambalea) no impiden que asesinos y testigo lleguen a un tácito entendimiento ante el temor de la delación o el chantaje, Lantier además siente una atracción difícilmente contenida hacia Séverine. El temor a ser descubierto, la propensión de Chauboud a la violencia, el alcohol y el juego hacen que Séverine busque en una salida mediante un nuevo crimen. Esta ofrece a Lantier, convertido en su amante, la posibilidad de iniciar con ella una nueva vida si matan juntos a Chauboud y entre ambos planean su asesinato. Pero no es a Chauboud a quien mata Lantier, sino a Séverine, siguiendo por fin la pulsión que le atenazaba desde el comienzo y ante la que ya no puede resistir, como si fuera Robert Dusk, el violador y asesino en serie de la película de Alfred Hitchcock Frenesí. Del crimen se acusa al marido, cosa creíble por su notoria brutalidad. Lantier, aparentemente bien librado con su falso testimonio, es sin embargo un hombre ya irremisiblemente condenado, incapaz de controlar su propensión al crimen. La culminación de tan terrible historia trasciende la catástrofe personal y se convierte en colectiva, y aquí aparece el otro rostro amenazante de la edad moderna, el del militarismo. Al estallar la guerra franco-prusiana que supondrá el fin del Segundo Imperio Francés y la proclamación del Reich Alemán, los trenes llenos de soldados enardecidos por un patriotismo ciego marchan convencidos de su victoria hacia la muerte (y la derrota); sin embargo, el tren conducido por Lantier no llegará jamás, pues se precipita con furia sin control fuera de las vías, después de que el enloquecido maquinista y su fogonero se enzarzaran en una absurda pelea a muerte ignorando la conducción. Este es un final casi wagneriano al estilo del Ocaso de los Dioses (y entonces resulta comprensible el parentesco espiritual que según Thomas Mann unía a Richard Wagner con Émile Zola), de hundimiento en la nada y de catástrofe generalizada, con el furor asesino de Lantier desbocado precipitando con él a una turba de soldados que cantan canciones patrióticas y que morirán sin tener siquiera la oportunidad de convertirse en carne de cañón.
Aquí Zola plasma la dimensión demoníaca del ser humano, que lejos de ser aplacada por la técnica, es solamente enmascarada por esta, simplemente disimulada, cuando no espoleada aún más por ella. Es la represión, el miedo al castigo de la ley lo que pone freno a los impulsos asesinos. Sin embargo, la imposibilidad de que el poder coercitivo del Estado llegue a todas partes, la torpeza de las autoridades interesadas en calmar la situación (política y socialmente explosiva en un país que se deshace lentamente) más que en esclarecer los hechos o impartir justicia, hacen perfectamente posible el suceso criminal. Es la propia naturaleza degradada del delincuente, no la justicia civil, sino su débil psicología que le arrastra a patologías como el alcoholismo o la ludopatía, la propensión a la violencia y el desequilibrio de los apetitivos y la satisfacción inmediata del instinto de placer, lo que provoca que la ruina final del criminal sea una mera cuestión de tiempo. El hecho de que en la novela escape el principal culpable al peso de la ley, sea condenado un inocente y el único asesino encarcelado lo sea por motivos que contradicen expresamente la realidad parece una burla áspera frente a un sistema judicial ciego e inhábil. (En contraste con la también ciega, pero inapelable infabilidad de los sistemas mecánicos). 

Fritz Lang, Human Desire



Es la pulsión, la bestia que vive en el interior de cada hombre la que se abre paso a cada momento, y aunque todos personajes de la historia experimentan la pulsión de lo elemental, solo Lantier encarna el carácter bestial que constituye el verdadero acicate de la acción, el verdadero motor de la historia. Lantier solo ama, se entiende que patológicamente, a su locomotora, La Lison. En efecto, se trata de un amor anormal y que sirve únicamente para mitigar artificialmente su pulsión criminal. Desaparecida La Lison, en un accidente provocado en parte por las acciones de Lantier, esta pulsión ya no conoce barrera alguna y de la muerte de Séverine pasará a provocar la muerte de él mismo y de cientos de personas que integran un convoy militar, haciendo así una premonición terrible de las realidades que marcaron el siglo siguiente: la tecnología y la guerra.
El siglo de Zola es el de las revoluciones tecnológicas, pero la bestia mecánica que aparece entre brumas en el cuadro de Turner y que Zola convierte en otro personaje de la novela, no es un mensajero de tiempos mejores, ni porta poder alguno redentor, es un heraldo del nihilismo que finalmente se convierte en instrumento de aniquilación. La propia rigidez de los horarios y el pendular constante de los trenes sugiere una carencia angustiosa de libertad, una presencia acuciante de un destino ineludible, tanto como la vía del ferrocarril que aboca inevitablemente a un punto final de destino. Quizá sea pertinente, entre la riqueza y complejidad que destila cualquier obra de Zola, recordar aquí su dimensión prometeica, que no es del todo ajena a una época como la nuestra en la que los profetas posthumanistas propugnan nuestra comunidad genética con la mosca, y por lo tanto nuestra animalidad a costa de nuestra individualidad, sugiriendo en último término que la humanidad es un espejismo provocado entre otras cosas por complejas reacciones bioquímicas, que nuestro yo es en realidad un superorganismo, una amalgama de herencia genética y estímulos microscópicos del entorno que puede mejorarse, modificarse e influir voluntaria y deliberadamente en su propio proceso de evolución recurriendo a una tecnología cada vez más desarrollada. Así estaríamos en parte liberados de la responsabilidad hacia nuestros instintos connaturales, y bien dispuestos a iniciar un debate ético nuevo para una época posthumana, con humanos mejorados artificialmente y nuevas inteligencias artificiales cada vez más complejas; dicha información sobre nuestro ser y sobre los nuevos seres que emergen nos llega a través de vías que ya no son las del ferrocarril sino las vías de la información trasmitida por una compleja red planetaria a la que llamamos internet, en cuyo ser en perpetua transformación se entremezclan de manera inseparable el mundo de las mejoras y las comodidades con el de la satisfacción elemental de los instintos animales. El proceso de indiferenciación y mixtificación entre naturaleza y cultura, entre artificial y natural, se ha acentuado más hasta hacerse indistinguible, quizá sea el nacimiento de un nuevo ser global y superorgánico de miles de cabezas naturales y sintéticas, quizá sea la manifestación de la voluntad schopenahaueriana, emancipada por el poder explosivo de la técnica que la ha liberado como se libera de las profundidades de la tierra el combustible fósil tan poderoso, tan peligroso, aun después de un sueño de millones de años, como una bomba sin explotar que conserva intacta su carga explosiva, como un espíritu confinado en la prisión de su botella o de su tinaja y al que de repente se le abren las puertas de su prisión.

lunes, 9 de febrero de 2015

Extrañas realidades



El absurdo fin de la realidad. Novela de Pedro Pujante
Obra ganadora del I Premio 451 de Ciencia Ficción, ed. Irreverentes, Madrid 2013.

Llego al aeropuerto de Múnich con mucha antelación, de manera que puedo terminar de leer la novela de Pedro Pujante El absurdo fin de la realidad que llevo en mi bolsillo y me acompaña desde hace algunas semanas esperando ese momento mágico en que novela y lector por fin se encuentran. No me cabe duda, estoy en el lugar adecuado, en un pequeño universo de representaciones y simulacros que enmascaran mi espera antes de embarcar, antes de emprender viaje a través de paisajes y espacios que dada la posición en la que el sol se encuentra, ya no podré ver. Me resigno y acepto la idea de que no cruzaré un cielo azul sino un cielo oscuro. 
Acepto la situación, y abro la novela de Pedro Pujante que narra con tanta ironía y habilidad una extraña espera, la de una visita extraterrestre a un pequeño pueblo español, contada por quien aparentemente va a pronunciar el discurso de bienvenida. Pronto no sólo la narración se disgrega en medio de las reflexiones del futuro orador, sino la misma identidad del orador se desdibuja y mixtifica en medio de sucesos cada vez más asombrosos que comprometen la coherencia especial y temporal de la pequeña localidad, cuyo sentido metafísico se altera hasta lo impensable mientras se difumina el sentido de la identidad personal y aparecen heterónimos y giros sorprendentes en la narración. 




Al leer y releer mientras inicio mi propio viaje, abandono los límites de la vieja y bella Múnich en un domingo de adviento para adentrarme en la realidad paralela de su aeropuerto; en seguida acuden a la mente las imágenes de Orontes y de la nave espacial que según informaciones oficiales aterrizará con una delegación en dicha localidad. La desorientación espacial y temporal, la mixtificación de la identidad entre personajes y narrador me envuelven ya al pasar los controles y los arcos de seguridad en el aeropuerto. Entonces pienso que se ha dado una de esas felices circunstancias en que el lector está en el momento más adecuado posible a la hora de leer un libro, pues también yo me enfrento a un viaje y a una espera; y así, en ese instante, emprendo un viaje aéreo (aunque no extraterrestre, lamentablemente).
Un aeropuerto es como nuestro universo, pero reconcentrado en un pequeño espacio, un multum in parvo. Ante el viajero aparece una fugaz representación de nuestro mundo tan hipertecnificado como temeroso de su seguridad, plena de simulacros de la realidad destinados al consumo y al solaz del viajero, ficciones de platos y bebidas típicos, en este caso de la vieja Baviera, dulces de recetas caseras preparados, sin embargo, de manera fríamente industrial en complejas instalaciones, puede que hasta las típicas jarras de cerveza las hayan manufacturado en China, ¿qué importa? Todo es representación, y así la amable camarera que ofrece unas típicas salchichas de Múnich tiene un inequívoco acento italiano, al tiempo que añade a su recomendación la mejor cerveza bávara de una tradición centenaria, tan solo para el goce de un instante.
La realidad está trastocada, pues el tiempo se acelera este día de domingo en el aeropuerto, y veo el mundo pasar vertiginosamente como en la novela de Pedro Pujante; por cierto, que aunque no he de pronunciar un discurso, sí he de preparar un informe sobre mi estancia en la universidad de Eichstätt y una vez más la coincidencia me complace. En mi realidad aeroportuaria, mientras que en la católica Múnich es el primer domingo de adviento, la primera vela de las cuatro ya se ha encendido y en las iglesias se lee el sabio consejo de Marcos 13, 33 “velad y estad atentos”, aquí, en mi realidad aeroportuaria, el tiempo tiene otro ritmo, no se vela ni se está atento por la espera mesiánica, sino que la atención se dirige a los paneles que señalan las puertas de embarque, y como el tiempo lo permite,  también a la publicidad. Sin duda también se vela y se está atento, pero los motivos son otros. Y cuando cruzo una puerta, de una manera que me recuerda a la novela que me acompaña, paso a mundos diferentes, en esta ocasión a un auténtico multiverso de cerveza bávara, gastronomía internacional, dulces, modas y tecnología concentrado todo en un reducido espacio, en pocos instantes voy de un mundo a otro. Mi sensación de extrañeza aumenta porque todavía no me he desprendido mentalmente del horario de las clases que acabo de impartir en Eichstätt (soy un profesor que regresa, nada más que eso), ni de las tutorías, ni del ritmo de los largos paseos a lo largo del Hofmuehl o desde la Redorftstrasse hasta la Westenstrasse, para cruzar el mercado, la catedral y de allí ir a la universidad. Todavía no he salido de esa realidad y me encamino a otra, que aunque parezca ajena, es mi realidad originaria, la de mi punto de partida, la realidad nativa que abandoné hace treinta días, y lo hago a través de la realidad transicional del aeropuerto.
Este es el estado de ánimo con que afrontaba la lectura de la novela sobre el absurdo final de la realidad, cuyo argumento lleno de ironía muestra una razón que se desdobla en medio de la fugacidad del tiempo, de la conciencia y de la individualidad a través de la larga espera de un acontecimiento, la llamativa llegada de una delegación extraterrestre que no acaba de suceder. Antes de embarcar compro el último número de Geo Epoche dedicado al romanticismo, “la edad de la nostalgia”, según reza la portada. Con el ir y devenir del tiempo y el desvanecimiento de lo conceptual que provoca en mí tanto la novela como la presencia del aeropuerto, me decido a comprar la revista porque efectivamente me invade la nostalgia de una época pasada. El pasado es inaccesible ya, y está a salvo del vaivén trepidante de nuestra vida cotidiana. Reflexiono sobre ello como si fuera la Atenea pensativa, cuando de repente aparece una joven de una belleza que por un momento me hace pensar en Dante Rosseti, aparece de improviso desde la sección de perfumes para atenderme sin que hubiera reparado antes en ella, bella aparición envuelta en aromas artificiales. Todo es artificial, sí, el tiempo, las imágenes, hasta los aromas, pero quiero pensar que la sonrisa es natural y espontánea, me consuelo y pienso en darle una interpretación poética a un simple acontecimiento comercial, como si fuera un escritor romántico que se encuentra sorpresivamente a una joven envuelta en aromas de primavera en medio de un bosque. Pero eso sí es ficción y yo además, hombre casado con más de cuarenta años, no he de sentir tales añoranzas. Tengo que redactar un informe cuando llegue a casa y tengo una novela de Pedro Pujante en el bolsillo que narra una espera y un viaje que acontecen al mismo tiempo y que acaban por mixtificarse. Asumo mi propia espera y mi viaje, mientras pienso en la ironía del acontecimiento en el momento en que subo al avión.
Múnich, primer domingo de adviento de 2014