sábado, 31 de agosto de 2013

Cristianismo y globalización






No podéis servir a dos amos. Crisis del mundo, crisis en la Iglesia
de Bernardo Pérez Andreo*:
una interpretación cristiana del mundo en tiempos de crisis
 

Una palabra, vieja conocida, se ha abierto paso en el mundo nuevamente;  reanuda sus incómodas visitas en la realidad de cada día, en las conversaciones de los gabinetes técnicos y en los coloquios de la gente de la calle. Esa palabra, como puede suponerse con facilidad, es crisis. Desde 2008 se escucha de continuo, normalmente acompañada de un adjetivo que precisa aún más la esencia de lo crítico, así hablamos de crisis financiera, de crisis económica, crisis social, crisis institucional (señalando a la banca, las entidades financieras y estatales), crisis climática, crisis ecológica y por supuesto, crisis de valores, crisis de sentido. En último término podemos sentirnos satisfechos de encontrar el adjetivo definitivo, que condense tantas hipóstasis, con la expresión crisis mundial, o mejor aún: global. Estamos, pues, en crisis, en situación de emergencia social en un mundo conmovido por la injusticia, la revolución, la guerra a orillas del Mediterráneo y el totalitarismo económico, el fanatismo nacionalista o religioso en el resto del mundo.
No puede negarse, por más que la memoria sea frágil, que la humanidad ha acumulado una enorme experiencia histórica en las crisis; de nuevo puede decirse nil novum sub sole. La historia universal ha conocido el fenómeno de las crisis desde innumerables puntos de vista. Pese al variopinto mosaico de culturas, nombres, fenómenos individuales, cronologías y áreas geográficas específicas, cuando la sociedad culta ha sido consciente de vivir en crisis y ha decidido interpretarla por escrito, se han producido reacciones análogas y repetidas en interminable sucesión (pues no se equivocaba el filósofo de Danzig al afirmar que la individualidad es un error que la Naturaleza corrige). Podemos leer a los más devotos y disciplinados, amantes del buen orden, de la calma y la sangre fría, que como si fueran capitanes de barco en medio de la tempestad se mantienen en su puesto, dan instrucciones al timonel para que gobierne con mano firme la nave hasta que escampe; pensadores que cierran las vías de agua tranquilizando al pasaje para que pongan su fe tanto en las habilidades de la tripulación como en la calidad del barco, de la fiabilidad de sus compartimentos estancos, en fin, de su carácter casi insumergible con tal de que mantengamos la calma. Ejemplos no faltarán. Pero hay también quienes lanzan su mirada trazando una eclíptica que les lleve fuera de la crisis y fuera de la historia presente; unas veces se proyectan hacia el pasado más antiguo y puro, hacia la dorada edad del reino perdido ajeno a la crisis; otras veces es el futuro lejano, pero posible, hacia el que se lanzan las miradas, un futuro de justicia a través de un camino de sacrificio, privaciones y dolor, pero un camino al fin y al cabo. Tampoco han de faltar ejemplos. En ambos casos se mantiene una cierta aspiración a restaurar la edad de oro, a hacerla presente conquistándola en el futuro o recuperándola del pasado, pues aquí la temporalidad tiene sus propias reglas. Hoy día este tipo de pensamiento adquiere muchas formas, y una época como la nuestra, que no anda nada escasa en conceptos, nos permite hablar de indignados y altermundistas. Este horizonte de pensamiento no ha de carecer necesariamente de rigor y no sería bueno descuidarlo.
Si desde una perspectiva amplia las crisis presentan rasgos comunes, al descender al terreno lo cierto es que cada crisis porta el sello de su época. Eso es innegable. En sus comienzos la nuestra recuerda al final de un multitudinario y frenético baile de máscaras en un salón cosmopolita donde, por la variopinta mezcla de gentes y procedencias, nadie ha reconocido a nadie; la máscara y el disfraz caen y la fiesta ha terminado, nada era lo que parecía; y como suele pasar en los bailes de máscaras, las luces se apagan y hay que irse en medio de cierta decepción y cansancio, aunque no todos tengan un techo bajo el que estar. Una parte de la decepción se debe a la desmedida confianza en la capacidad técnica de nuestra era, que está completamente injustificada; pues qué fácil sería –fabula docet- echar mano a las historias de los titanes y a la nunca envejecida mitología para saber qué pasa a los prometeos que roban el fuego de la técnica, o a los nuevos faetones, veloces de inhábiles manos, que pretenden ir más allá de toda medida. Tampoco hay por qué conceder tanto crédito a la pretendida dignidad de lo humano, y mucho más adecuado para ilustrar nuestra condición y los peligros de la sociedad deshumanizada e hipertecnificada en la que vivimos me parece la imagen del Costa Concordia (una vulgar comedia) que la imagen del Titanic (una tragedia solemne). Que la discordia social, el fanatismo, la violencia y finalmente la guerra hagan su aparición en un nuevo baile de máscaras (un baile macabro en esta ocasión), no tiene por desgracia nada de extraño y es perfectamente explicable a partir de los acontecimientos diarios.

En medio de este clima de desasosiego las iglesias han de proporcionar una valiosa ayuda ( como recuerda el emboscado pensador de Wilflingen). Aunque no sabemos si esto será suficiente, en momentos de necesidad toda ayuda es poca y todo sirve como tabla de salvación al náufrago. Nuestra época es de mucha necesidad, y por ello es de agradecer que Bernardo Pérez Andreo haya escrito un libro con la esperanza puesta en la salvación; a las aguas encrespadas del mundo ha lanzado el autor su botella con un mensaje de fe, regeneración, moral activa y lucha. Pérez Andreo se muestra como un auténtico peregrino de la vida, ya que habita un mundo que no le gusta y cuyas miserias identifica, enumera y combate, denunciando en el pensamiento actual una suerte de tolerancia acrítica y ambivalente que le sitúa entre los sectores críticos de la postmodernidad. Su condición de pensador cristiano le lleva a rechazar lo que él califica en repetidas ocasiones de régimen económico de dominio y explotación a escala universal. Haciendo gala de la radicalidad cristiana (que no debemos confundir con radicalismo cristiano), el autor personaliza todo el mal del mundo en lo que denomina Imperio Global Postmoderno, es ciertamente, dentro de su concepción, un imperio del mal. Si se sigue el pensamiento de Jesús, lo normal sería su destrucción, su eliminación, idea que forma parte ya del “proyecto histórico de Jesús”, “el que hemos heredado los cristianos” (p. 39).
Esta prístina radicalidad lleva al autor a polemizar con la Encíclica Caritas in veritate de Benedicto XVI, la cual “da la sensación en todo momento de no estar ajustada a la realidad que se vive en los últimos tiempos” (p. 51), dicha encíclica según el autor justificaría y ampararía el capitalismo, presuponiendo incluso “un naturalismo económico…. que nos aboca a una visión pagana –no, no nos equivocamos de la sociedad y la historia” (p. 60); representaría un paso atrás en la doctrina social de la Iglesia, frente a ella el autor propone recuperar la denominada “civilización del amor” (formulada por Pablo VI) que aboga por un mundo humano de amor y justicia, la civilización del amor se convierte en un auténtico leitmotiv a lo largo de toda la obra (p. 65, 100-105, 162 ss.) y en el eje de su pensamiento: “La civilización del amor, en oposición a la globalización postmoderna, se califica por la creación de una estructura de solidaridad entre los pueblos, justicia en las sociedades y libertad para los individuos. Además, el criterio rector se encuentra en los pobres, en la conocida opción preferencial por los pobres” (p. 165). Lo que el autor denomina “opción preferencial por los pobres” lo puntualiza más detenidamente bajo el concepto “civilización de la pobreza” (p.105-107); apoyándose en un autor como Jon Sobrino se une a la opinión según la cual “la civilización de la pobreza supone el desquiciamiento del mundo actual, es decir, una alteridad radical (p. 106; cf. también pp. 70 y 176).
Sobre esta base el autor acude al acervo histórico de la Iglesia y del cristianismo para llevar a cabo una renovación conceptual que permita poner fin a la época del “hombre-consumidor” y poner las bases para una “globalización de la solidaridad”, acompañada de un respeto por el medioambiente y la naturaleza de clara raigambre franciscana. Lo que sin duda parece una aportación muy original del autor es su reinterpretación de la teología del Éxodo (p. 96, 180, 207 entre otras): “Una vez que no ha sido posible nada para cambiar por la buenas la situación, Dios decide romper la baraja y sacar al pueblo para llevarlo a otra tierra, a un lugar alternativo donde se pueda vivir en justicia, paz y misericordia. Esta es la propuesta del Éxodo que nosotros queremos recoger, una propuesta radical de salida  de una situación de injusticia” (p. 211).
Este punto de vista culmina con una propuesta de acción política eminentemente altermundista (“creemos que otro mundo es posible porque resulta inexcusable” p. 215) basada en la misericordia y el amor al prójimo, y en definitiva por una ética que el autor denomina “nazarena” y que “tiene una predilección enorme por todos los que han sido excluidos de la mesa social” (p. 226). Esta simpatía y predilección por los excluidos de la globalización preside toda la obra y es un concepto clave; el título del libro lo lleva explícito, pues “no se puede servir a Dios y a las riquezas” (cf. 175-176). La propia trayectoria de la Iglesia actual parece concordar en cierta medida (el tiempo dirá cuánto) con el sistema de pensamiento de Bernardo Pérez Andreo; y la llegada del Papa Francisco, pocos días después de la publicación de este libro, avalaría esta impresión. Este “desquiciamiento” del mundo persigue en último término su disolución o su abolición, que incluso podría admitir un tipo de acción expeditiva que resultaría legítima (p. 71), siempre según el autor. Es una vehemencia muy noble.
Echando, como Jano, la vista adelante y atrás simultáneamente, vemos una clara coherencia en el pensamiento del autor. En el año 2011 publicó Un mundo en quiebra. De la globalización a otro mundo (im)posible (Madrid, Ed.Catarata, 220 pp.), cuyo pórtico de entrada consiste en una larga cita del subcomandante Marcos; después de la publicación del libro que nos ocupa, el mismo año 2013, el mes de julio, el autor coeditó De la indignación a la rebeldía (Madrid, Ed. Irreverentes, 232 pp.) que fue dedicado al “activo luchador” Stéphane Hessel y donde el autor termina su ensayo “Pospolítica y barbarie: líneas rojas de la plutocracia española, pp. 204-213 con la siguiente afirmación: “La libertad, la dignidad y la propia conciencia han sido mancilladas por los poderes del neoliberalismo más craso” (p. 213).
He aquí un mensaje para los tiempos de crisis que exalta la solidaridad y propone un mundo mejor y más justo, más equitativo y armonioso con la naturaleza no tanto como Creación cuanto como hogar común; estamos ante un libro que extiende el mensaje profético del cristianismo y de la Iglesia de los pobres en un mundo en el que aún hay muchas injusticias personales y colectivas que combatir. En graves y determinadas cuestiones es posible no estar de acuerdo con la radicalidad que formula el autor, sin embargo ha comprendido claramente que, por decirlo coloquialmente, “así no podemos seguir”. La deshumanización, el consumismo, la gestión criminal de los recursos y la economía son problemas reales que han adquirido una dimensión planetaria, razón por la cual sí puede argüirse sin error que la crisis de comienzos del siglo XXI es la más grave sufrida por la humanidad en su conjunto. Que una parte de la respuesta es ética no puede sorprender y que la situación es lo bastante preocupante como para temer graves consecuencias muy pronto ya no es algo de lo que se pueda dudar. Así pues este libro queda como claro testimonio histórico del momento en que vivimos y como un exponente de la aplicabilidad y evolución del ideal cristiano de civilización o civilización del amor.

*Bernardo Pérez Andreo, No podéis servir a dos amos. Crisis del mundo, crisis en la Iglesia, Ed. Herder, Barcelona 2013, 282 pp

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